Tiempos kafkianos

teletrabajos

(20/06/2024) Casi sin darnos cuenta hemos pasado del orgullo a la derrota. Del “¡yo teletrabajo!” -dicho con la satisfacción de quien no necesita ir al curro-, al “trabajo todo el día desde casa, siempre disponible a cualquier llamada” -dicho con el hartazgo de quien no tiene tiempo ni para llorar. Y todo esto en apenas unos años.

  En los tiempos matusalénicos cuando cantábamos aquello de “tenemos chica nueva en la oficina, etc.”, había un dicho que aseguraba que “lo mejor que tenía el trabajo era que te permitía salir de casa”. Pues bien, aquel viejo aforismo vuelve a cobrar vigencia tras los años de pandemia y ya son muchos los que sueñan con el oscuro objeto del deseo de volver a fichar a la entrada y a la salida del trabajo como se hacían en los tiempos prepandémicos.

Hay que salir de casa, aunque tan solo sea para darle una patada al aire o para contar las baldosas que llevan al supermercado. Hay que salir de casa.

 Pero hay quienes aún se aferran al invento y organizan trabajos y videoconferencias desde el sofá de su casa. Lo hacen vestidos de cualquier manera y conectados en cualquier estancia para que la llamada del dios digital les pille prevenidos y con las lámparas (pantallas) encendidas como a las vírgenes prudentes del Evangelio. Y así, luego pasa lo que pasa, como lo ocurrido a un exintendente de Río de Janeiro que se conectó hace pocas fechas sentado en el inodoro de su apartamento durante una sesión virtual, porque hay urgencias que no pueden aplazarse y aportaciones a la empresa que no admiten excusas ni apretones.

 La hiperproducción a lo bestia lleva años diseñándose desde los altos despachos y el teletrabajo encaja perfectamente en sus objetivos. Porque la hiperproducción hace necesaria la disponibilidad, a ser posible las 24 horas del día, y hay capataces que rompen tu sueño a las cuatro de la mañana para que asistas urgentemente a una reunión virtual programada desde Nueva Zelanda.

 Aquello de que gracias a la tecnología se reducirían los trabajos y que el tiempo libre aumentaría se ha convertido en una patraña: la disponibilidad de cada cual aumenta y el tiempo libre, ese tiempo propio para hacer lo que a uno le dé la gana, mengua como menguan ¡ay! las uvas pasas.

 “Vivimos como si en nuestras pantallas no se pusiera el sol” sentencia la ensayista Remedios Zafra mientras denuncia que las jornadas laborales se hacen perpetuas a la vez que se difumina peligrosamente la línea que separa el tiempo laboral del tiempo de ocio.

  A cien años del fallecimiento de Franz Kafka son muchos los que se acuerdan de El castillo, obra inacabada del escritor praguense que trata de la alineación, la burocracia y la frustración interminable, ¿les suena?  Al igual que K., el agrimensor que llega a un pueblo para realizar un trabajo que ignora, muchos de nosotros nos preguntamos para qué sirve tanta actividad, tanto desvelo y tanta reunión. Al igual que K., comprobamos cada día cómo lo irracional se hace carne y habita entre nosotros sentado en nuestra mesa llena de pantallas.

 En este contexto tan kafkiano hay quien denuncia que la separación entre lo público y lo privado es cada vez más quebradiza. 1984, el año orweliano, llegó hace tiempo y el teletrabajo y la hiperconexión alimentan su presencia. El Gran Hermano, siempre a nuestro lado, nos observa mientras damos una conferencia desde el sitio más inapropiado. El Gran Hermano nos vigila como a chinos. Sí. Como a chinos. Dicen por ahí las lenguas de doble filo que el gobierno chino tiene en su agenda lo que hace, dice y hasta lo que piensa cada uno de sus súbditos. ¿Solo los chinos?

 El Ministerio de la Verdad, la Policía del Pensamiento, el Gran Hermano, están hoy más vigentes que nunca y, gracias a los algoritmos, alguien nos conoce mejor que nuestra pareja.

 Por eso hay que salir de casa y volver a las andadas. Al atasco y fichaje mañaneros que se compensan, tras dos horas de oficina, con un café en el bar de Paco para hablar de los otros y poner a caldo a los jefes. Hay que volver a aquel dulce fichar en la salida mascullando el “hasta luego, Lucas” adornado con un “si te he visto no me acuerdo” (todo menos llevarse el trabajo a casa) antes de enfrentarte de nuevo al incómodo atasco.

 Aunque quizá ya no baste con eso. Acostumbrados como están a contar con nuestros servicios a cualquier hora del día, podremos recibir llamadas inoportunas cuando empiece la fiesta.

 El Gran Hermano sabe nuestra ubicación y los lugares que frecuentamos. Lo mejor será convertirse en un desconectado para los restos.

 Y ya solo nos quedarán las muchas cámaras que hay en la calle vigilando nuestro pensamiento.



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