Pedofobia

cartel

(30/08/2025) El “Día del Niño”, que la ONU fija para su celebración el 20 de noviembre y que cada país festeja cuando le viene en gana (como ocurre con cualquier decisión de ese foro internacional), está a punto de convertirse en recuerdo por falta de combustible. Los niños, los “perversos polimorfos” que dijo Sigmund Freud, son una de tantas especies en peligro de extinción y ya no se ven por las calles mareando la pelota en estas ciudades nuestras, tan vacías de niños como llenas de mascotas.

 La natalidad hace tiempo que no cotiza en bolsa y los niños, mimados hasta el maltrato dentro de sus casas, son mal recibidos en muchos hoteles que cuelgan el cartel de “niños no” convencidos de que la niñez no entra en el menú que piden sus clientes. “Gritan mucho y salpican demasiado cuando se tiran a la piscina” dicen para justificarse.

 Los niños que en la Comala de Pedro Páramo lloraban porque no les dejaba dormir el miedo, lloran ahora porque sus papás no pueden llevarlos al hotel de su vida, negándoles el derecho a experimentar el aburrimiento y oír la sempiterna monserga del ¡pórtate bien! Y es que los muchachos se han convertido en “mascotas problemáticas” y muchos complejos turísticos hacen del “solo para adultos” su lema y su agosto.

 Pero al igual que a todo cerdo les llega su San Martín, que decía mi abuela, lo mismo le ocurrirá a tanto intolerante que se pasea por el mundo. Eso dicen los escasos amantes de la niñez que aún quedan y ya se oyen voces.

 Los franceses, que exaltaron en su Marsellesa a los niños – “¡allons enfants de la patrie!”- y que los inmortalizaron acompañando a La libertad guiando al pueblo, gracias al pintor Eugène Delacroix, han llevado hasta el parlamento una propuesta atrevida: ilegalizar la prohibición de la entrada de los niños a los locales de Francia. Propuesta atrevida dado el alto número de locales que esgrimen su pedofobia (fobia a la niñez) y donde la senadora Laurence Rossignol ha ido más lejos al afirmar que “no querer a los niños es no querer a la humanidad misma”.

 “Existe un sistema de opresión y dominación: se llama “adultismo” y afecta a toda la población” protesta la activista Claire Bourdille en un manifiesto contra la violencia infantil. Y como ella ya son muchos los que se oponen a este nuevo “ismo”. Los niños, tan mimados por sus progenitores como insoportables para el resto, no se merecen que les pongan en reservas como a los indios.

También se han mojado las Cámaras y Asociaciones del Juguete clamando contra tanto desalmado que reza a “San Herodes”, pero hay quien dice que no vale, que hay un interés manifiesto en esas organizaciones que viven del niño. “Por el interés te quiero, Andrés”.

 Ya sé que agosto no es buen mes para meterse en camisas de once varas y que muchos han colgado el cartel de “Cerrado por vacaciones” para huir de tanta confrontación y tanto debate. “Cerrado del 15 al 31 para descanso de nuestros clientes. Perdonen las disculpas” informa, con cierto humor, uno de estos carteles con los que me tropiezo a diario, pero aun así el tema del niño que, al fin y al cabo, es el “padre del hombre”, está en el aire y es para tomárselo muy, pero que muy en serio.

Si “uno es su niñez” como dijo el escritor Sergio Pitol, habrá que reconocer que no es lo mismo una niñez gastando bromas a sesudos adultos como hizo la Celia de Elena Fortún que quedarse en casa rodeado de pantallas. Los abuelos, que crecieron viendo las gamberradas de aquella niña con coletas llamada Pippi Calzaslargas, y que tanto disfrutaron imitando sus travesuras, no entienden el confinamiento al que someten a sus nietos, tan marginados ¡ay! como los extraños, los extranjeros y los locos.

 Para evitar tanto problema como se avecina con las criaturas, los milenial, esa generación que alcanzó la mayoría de edad en los inicios del nuevo milenio, están sustituyendo a los niños por perros: son más dóciles y llevaderos (la correa y el arnés, ayudan) y no hay que llevarlos al “rincón de pensar” cuando se ponen insoportables.

  El mundo llora. Hace tiempo que lo hace. ¿No oyen sus sollozos?  Los niños, esos “locos bajitos”, esas criaturas jubilosas, esos seres imaginativos y fantasiosos, ven envejecer su infancia en el orfanato de las pantallas y están desapareciendo de nuestro mundo. Y ¿qué será de nosotros sin esa infancia en la que no existe el tiempo y un día es una cifra de la eternidad?

 El escritor Juan Villoro propone que volvamos a la infancia para chuparnos los dedos y comprobar, de paso, que somos bastante sabrosos. Aunque no lo parezca.



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