La ventana indiscreta

 

ventanas

(28/10/2011) Miraba, desde la cafetería, la avenida más concurrida de la ciudad. Entre la acera y yo
-que apoyaba mi aburrimiento en la barra del establecimiento- un amplio ventanal me permitía observar a un gentío que deambulaba torpe hacia lugares ya sabidos. A sitios sin interés. Viajes a ninguna parte, sin duda.
Todos los quehaceres, todos los afanes, todas las preocupaciones cotidianas, pasaban ante la ventana indiscreta de mi mirada: jubilados sin rumbo, trabajadores en paro, ancianos meditando la consulta médica, amas de casa arrastrando el carro de la compra, muchachas hacia la universidad, obreros de la municipalidad, comerciales con prisa…
Acostumbrado a mirar el mundo desde otras ventanas: la del televisor, la del monitor de mi PC, la de la Gran-Pantalla, aquel enorme ventanal me acercaba la vida en su estado más puro y prosaico y me hacía reflexionar sobre la realidad, sobre lo gris de la existencia, sobre la inutilidad de nuestras prisas, pero también sobre la hermosa vulgaridad de la gente.
Alejados del atavío y compostura de quienes llenan las pantallas con la belleza empalagosa que exige el mercado audiovisual -todo el mundo, hasta los viejos y los feos, son jóvenes y hermosos-, los hombres y mujeres que pasaban ante la ventana de la cafetería se mostraban hermosamente vulgares. Sin afeites ni maquillajes. Como la realidad. Como la vida misma.
Alguno, se volvía hacía el cristal para ver su imagen, queriendo comprobar si su atavío, si su prestancia, seguían manteniendo la imagen que, al salir de casa, les devolvió el espejo. El espejo, los espejos ¡siempre tan compasivos!
Ellos, casi todos adultos y viejos -los niños hace tiempo que desaparecieron de las calles de la ciudad-, se mostraban tal cual, con sus barrigas en creciente y su pelo en menguante, con la piel poblada de los surcos que labró el vivir, con ropas descuidadas, alejadas de la talla recomendable, con andares torpes e indecisos como si no supieran donde les llevaba la mañana. Mirando hacia el suelo como si buscasen allí el motivo de su deambular. Como si las alcantarillas y los subterráneos de la ciudad guardasen algún secreto, alguna respuesta.
Ellas, embutidas en vulgares tejanos, arrastrando zapatillas deportivas, masculinizando su atuendo con amplios chaquetones, con las ojeras del insomnio y el maquillaje justo que ha permitido la prisa, apretaban su bolso contra el costado como si en ello les fuera la vida.
¡Qué lejos estaban los paseantes del otro lado de mi ventana de los atractivos modelos que escupen sin cesar las pantallas del brillo y la mentira! Nada de mujeres con vestidos vaporosos mostrando unas curvas poderosas, unas piernas largas de modelo; ni hombres apolíneos, señores de la elegancia, con atuendo conjuntado y varonil, con la palabra justa en los labios, como esos actores que, por secundarios que sean, aparecen tan bien plantados, en cualquier serial que se precie…No.
Los paseantes no hablaban. No tenían nada que decirse. Incluso cuando se topaban con algún conocido, el diálogo era anodino, torpe, mínimo, adivinable:
-¿A dar un paseo?
- Sí.
-Hasta luego.
- Adiós.
Dentro de la cafetería, lo mismo. Personajes doblados entre el taburete y la barra. Con la mirada perdida y, también sin nada que decirle al camarero que, a veces, suplica, desde el otro lado de la frontera, la charla que nadie le da.
- Ponme otra.
- De lo mismo.
- Sí.
Así una hora. Hora y media. Dos horas.
Dos horas. El tiempo que dura cualquier película en la que suceden tantas cosas.
Tras tomar el café, salí a la calle.
Uní mi vulgaridad a la de tantos. Comulgué con la realidad sin brillo de la calle. Luego, ya por la tarde, me fui al cine.



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