La mentira y el éxito

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(20/11/2013) Lo sospechábamos. En nuestros años de tiza y recreo lo sospechábamos. Aquellos personajes bajitos y perversos que amargaron nuestra infancia y terminaban encandilando a las niñas y engatusando a los profesores lo lograban gracias a sus patrañas y a sus embustes. No lo sabíamos entonces, pero lo sospechábamos.

La mentira era la herramienta perfecta para lograr el éxito. El mejor test de inteligencia. La Palanca que todo lo podía. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.

Y el punto de apoyo era, querido Arquímedes, el engaño, la argucia, la treta.

Tarde lo descubrimos. Aquellas ratas que mentían de manera convulsiva en el parvulario, se pavonearían, años después, desde la tribuna de oradores, con Ferrari descapotable y mansión en la sierra. Lo sospechábamos.

Por eso que nos venga ahora un tal Robert Trivers contándonos que la mentira y el engaño son los responsables del incremento de nuestra inteligencia, motores de la evolución del conocimiento, pues eso, que lo intuíamos sin haber leído La insensatez de los necios, la obra con la que este biólogo evolutivo está revolucionando el concepto de cooperación entre humanos y, ya de paso, las librerías.

La mentira, sostiene Trivers, está arraigada en el ADN de los seres vivos y la evolución natural ha potenciado con el tiempo su rentabilidad y su eficacia. Pues claro. Basta con ver las artimañas, picardías, estafas, trampas, burlas, farsas y falsedades que urden el tapiz de la historia.

Vargas Llosa que tanto sabe, conoce bien el tema. Y ha escrito una obra teatral, Kathie y el hipopótamos para ilustrar nuestra ignorancia. Se estrena en el Teatro Español y tiene, a parte de otras lecturas, una reflexión sobre la mentira. “Las mentiras de Kathi y de Santiago…delatan las mías y, a lo mejor, las de todo el que, al mentir, exhibe la impúdica arcilla con que amasa sus mentiras”. Dice el Nobel. Amén.

¡Mientes como un cobarde!, decíamos nosotros cuando el acné colonizaba ya nuestro retrato. Ignorábamos entonces que los cobardes han sobrevivido, gracias al engaño, a los valentones que avanzaron con la verdad por delante. Y que aquellos granujas nos legaron sus genes y sus argucias. Evolución cognitiva, señor Darwin.

Lo dijo la novelista Susan Sontag “la mentira es la forma más simple de autodefensa” y el gen dominante en nuestra herencia, añado yo, que soy, al fin y al cabo, un superviviente gracias al engaño de mis ancestros. Como todos.

Carlos París, filósofo y presidente del Ateneo de Madrid, se queja de que “vivimos en la época de las mentiras”, pero las mentiras, el engaño y el autoengaño, admirado París, son hijos de todas las épocas y sin ellos seguiríamos en la jungla cual monos desnudos y aburridos.

“Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento” dijo Anatole France, y añadió “sólo las mujeres y los médicos saben cuán necesaria y bienhechora es la mentira”. Y le dieron también el Nobel.

De poco sirve quejarse de tanto embuste, falacia, calumnia o bola. Lo llevamos en los genes. Es lo que nos identifica como especie. El hombre es un animal que miente. Y si es político un animal que miente, miente, miente…

El fundador del estado alemán moderno, Otto Von Bismark lo dejó escrito. “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. Se puede decir más alto pero no más claro.

Así que ya lo saben, si ven a un político mintiendo como un bellaco, no le juzguen mal. Está haciendo lo que le sale de los genes, respondiendo a lo más atávico de la especie y de poco sirve el quejarse diciendo que “vivimos en la época de las mentiras”. De poco luchar por un mundo menos malvado y mentiroso como hizo la recientemente desaparecida Doris Lessing, también Nobel de Literatura. Es como dar coces contra el aguijón o escupir contra el cielo.

Los que habitamos esta parte de la galaxia tenemos marcadas las entretelas del alma con el hierro del engaño. Es lo que distingue a la manada homínida de otras especies y lo que destacarán los alienígenas que nos visiten.

Se cuidarán mucho de pedirnos pista de aterrizaje. Pueden ser engañados por el mentiroso convulsivo que es y será todo terrícola.



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