Inmortalidad en redes
(10/03/2026) La inmortalidad, ese sueño tan largamente buscado por la humanidad, está a punto de ser alcanzado. Meta, la empresa tecnológica que incluye plataformas como esta desde la que les escribo, acaba de idear una IA que simula la actividad de los usuarios tras fallecer. O sea, y hablando “en plata”, que cuando alguien ya esté criando malvas la IA se encargará de prolongar su actividad, aunque nadie sepa muy bien con qué motivos lo hace el muerto.
La presencia digital de los usuarios en las redes está estimulando a las nuevas tecnológicas que ven oro molido donde los demás solo vemos basura.
La IA imitará la actividad del fallecido y convertirá la muerte de cualquiera en una construcción digital que perpetuará su discurso en la red, aunque ya no tenga nada que decir.
La vieja preocupación sobre qué hacer con nuestra herencia pasará, a partir de ya, a qué hacer con la “cuenta” cuando hayamos estirado la pata, pero no el dedo (el dígito) que alguien seguirá utilizando para su provecho.
Y es que, aunque ustedes y yo nos hayamos ido a los cielos, la “nube”, ese lugar donde permanecerán todas nuestras ocurrencias digitales seguirá ahí para el uso y disfrute de herederos que ni siquiera hemos conocido en vida. Porque el derecho a desaparecer está muy cuestionado por quienes manejan el negocio de las “cuentas”. Hay tantos intereses en juego que, suprimir el “perfil” definitivamente, evitar que aparezcan referencias que puedan entristecer a familiares y amigos del difunto, va a salir por un ojo de la cara.
Ya existe lo que se conoce como “contactos de legado” que se ocupan del “perfil” de cualquiera para seguir gestionándolo si antes no has dejado bien claro que quieres morirte del todo. Y hay plataformas que proponen un sistema automatizado para publicar, responder o reaccionar desde perfiles inactivos (por ausencia prolongada o por muerte) y aunque de momento descartan su aplicación el debate ético sobre el futuro digital tras la muerte del usuario ha quedado abierto. Todos sabemos que, si algo puede suceder en el campo tecnológico, termina sucediendo, por bárbaro que sea.
Uno que lleva veinte años publicando naderías que muy pocos leen, no sabe qué pasará cuando se haya ausentado para no volver. Y no le consuela para nada lo que ha dejado caer el director de la plataforma “si ya no publicas, la experiencia de usuario de tus seguidores se verá afectada”, dando por hecho que los lectores seguirán ahí cuando, ya fiambres, el clon digital actúe por nosotros de forma autónoma.
Si la conocida práctica de que hasta los muertos voten en las elecciones municipales se ha llevado a cabo sin que existiera la IA, imagínense lo que podrán hacer con nuestro “fantasma digital” cuando hayamos desaparecido. ¿Nos reconstruirán como un avatar para que votemos al mejor postor?
Lo que está claro es que las migajas que vamos dejando caer en el bosque digital -archivos, imágenes, vídeos, grabaciones de audio, redes sociales …- permitirán que alguien nos reconstruya en el futuro y nunca sabremos con qué fines.
Hemos llenado la “nube” con nuestras vidas y nos conocen de sobra. Saben quiénes somos, qué hacemos y cómo actuamos y cuando nos llegue la última hora habrá una versión de usted y de mí en la IA y dará lo mismo que alguien quiera hablar con ella o no.
Dicho lo dicho, conviene añadir que, en esto, como en todo, las opiniones divergen y que, por aquello de “para gusto los colores”, los hay que están encantados ante la propuesta que lanzan las plataformas. Gente que se arrojaría por un precipicio ante la sola idea de que alguien les prometa que no va a morir del todo. Usuarios que recomiendan en su “perfil” platos de cocina que ellos mismos elaboran y que seguirán creciendo -y saboreándose- gracias a su sustituto; personas que se dedican a frotar objetos o a hacer ruidos con materiales extraños; creadores que resuelven problemas que no existen como “inventar un guante para comer palomitas” o “construir un paraguas para zapatos”, perfiles de internet dedicados a colecciones obsesivas o a comportamientos que rozan lo surrealista, pero que cuentan con miles de seguidores, no están dispuestos a que tanta genialidad, tanto esfuerzo, se vaya al traste cuando ellos desaparezcan.
Es el eterno dilema, la encrucijada shakespeariana en la que seguimos atrapados los mortales: “ser o no ser”, “desaparecer o no desaparecer”.
Eche un vistazo a su perfil y decida. No queda otra.

