El llanto del silbo

silbando

(30/11/2016) La calle, ese pasillo que prolonga nuestra escuálida vivienda, esa casilla en la que nos movemos los peones de este juego de ajedrez que es la vida, a veces da sorpresas agradables a quienes nos perdemos en sus anchuras. Hoy, paseando la calle, he visto a un hombre silbar.

Hacía tiempo que no me encontraba con alguien silbando. Casi desde la infancia. Y la sorpresa ha sido tan grande como agradable. Hoy, cuando los transeúntes sólo miramos la pantalla de nuestro móvil, ensimismados hasta el tropiezo y la caída, hay que ser un héroe para ponerse a silbar o a cantar en la calle.

Porque silbar no gusta, está mal visto, y hay quien argumenta desde la intolerancia que oír silbar le saca de quicio.

Por eso, silbar, es un acto clandestino que ha quedado relegado a la intimidad de la ducha o al momento litúrgico del afeitado. Esos lugares y momentos en los que nos encontramos a nosotros mismos, sin trampa ni cartón, desnudos ante el espejo, ante el porvenir que nos espera cada día.

El silbido, en la ciudad, desentona, recuerda demasiado al silbido-piropo con el que hace años algunos abordaban a la asustada muchacha que cambiaba de acera. Muerto el piropo, muerto el silbido.

 El silbido era un fenómeno que surgió en el campo. En el campo de hace años, poblado de “santos inocentes” silbantes.

Allí, en la lejana infancia de antes de la despoblación, todos los chicos sabíamos silbar.

Aquel silbido o chiflido que nos salía del alma y de los remiendos, tenía la categoría de ceremonia de iniciación, de ritual ancestral y necesario para poder entrar en la edad adulta, en la hombría. El saber silbar nos permitía codearnos con los mayores en igualdad de condiciones. Si no sabías silbar no debías entrar en la taberna, tampoco en el baile. Por eso nos dábamos prisa en aprender a silbar como si en ello nos fuera la vida. La vida adulta.

Silbar se convertía en una de tantas competiciones de la infancia. Que, bien mirado, se reducían a tres: quién tiraba la piedra más lejos, quién meaba más alto y quién silbaba más fuerte (había otras competiciones que mejor callarlas).  Era nuestro olimpismo rural, nuestro citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte) del barón de Coubertain, para quienes tardaríamos mucho en saber qué era eso del olimpismo y quién era aquel señor.

 Todos, en la trilla, en la siega, en la vendimia, en días de fiesta o de labor, silbábamos la melodía que nos enamoraba. Era el silbido melódico con el que, ufanos y altaneros, creíamos conquistar a las chicas que nos miraban, taciturnas y sin silbo, desde la curiosidad.

 Los “reyes del silbo” que éramos todos, oímos años más tarde a Alessandro Alessandrini silbar La muerte tenía un precio de Ennio Morricone, a Jhon O´Neill haciendo lo propio con El bueno , el feo y el malo y al genial imitador de ambos, el andujareño Curro Savoy, también “rey del silbido” y tanto nos identificamos con su arte que creíamos ser ellos.

Recuerdo otros silbidos. El que interpretábamos para que las mulas bebieran cuando las llevábamos a la pila, o al río. Los animales oían nuestro silbido y, como por arte de magia, se ponían a beber obedientes y sumisos. O el que veíamos hacer al pastor cuando se dispersaba el rebaño.

 Nosotros, obedientes a todas las autoridades, sin ovejas ni perro pastor a los que dar órdenes, imitábamos aquel silbido, estruendoso y afilado, cuando queríamos llamar a alguien que se hallaba al final del camino, al otro lado de la calle, más allá del grito. Metíamos los dedos en la boca haciendo boquilla y lanzábamos nuestro silbo cual saeta al viento.

 Pero ya nadie silba. O casi nadie. Al menos en el exterior, donde puedan oírte.

 El silbador urbano ha quedado emplazado al destierro de la ducha o del afeitado, como se dijo.

 Aunque siempre nos quedará el silbo gomero. El habla que transforma el lenguaje convencional en silbidos tonales que son otro lenguaje.

Vengo de la presentación del libro “El llanto del trigo” del periodista y amigo Luis Miguel de Dios. Es un libro sencillo y profundo (con esa profundidad que sólo cabe en las cosas sencillas) que narra, en doce cuentos, la callada historia de una cultura que está muriendo con nuestros pueblos. Como murió aquel silbido que nos identificaba y nos nutría. Porque como muy bien se dice desde la contraportada del libro “se agrieta el alma ante los horizontes de soledad que ya se apoderan de personas, pueblos y futuro. Y llega el llanto”. Y huye el silbo, añado.



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