El club de los malditos

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(30/4/2013) Viene, lo que sigue, a cuento de un reciente artículo periodístico en el que un entendido en literatura califica al escritor salmantino Aníbal Núñez como poeta maldito.

Investigando un poco en la red he podido comprobar que el adjetivo maldito se aplica, con excesiva facilidad, a aquellos poetas o escritores que, por decirlo de alguna manera, se llevaron mal con el mundo que les tocó vivir o no se llevaron. Que fueron unos raros, vaya. Que, pese a su genio, les tocó bailar con la más fea y, en el descanso, jugar con la baraja de las calamidades.

Aunque lo apuntado podría matizarse de mil maneras: que si rechazaron los valores de la sociedad (o lo que la sociedad consideraba valores en su tiempo), que si eran provocadores hasta el peligro, que si antisociales y de espíritu negativo…, lo cierto es que el “maldito” y la sociedad de su tiempo no se llevaron.

Verán que conjugo el “malditismo” en tiempo pasado porque una de las condiciones necesarias -que no suficientes- para ser “adornado” con los laureles de maldito es haber dejado en paz a la crítica y a los editores –escurridizos o inasequibles para el poeta- marchándose de este mundo a edad temprana y dejando un cadáver exquisito.

Pero volviendo a Aníbal Núñez y a su obra me pregunto ¿por qué considerar maldito a quien sólo fue un nómada de la imaginación a quien le tocó vivir los años de la Transición Española?

Quizás lo apuntado más arriba pueda aportar algún elemento esclarecedor. Y es que Aníbal murió con apenas 43 años, fue enigmático y difícil en el trato, conflictivo y apenas comprendido por sus contemporáneos, portador de una “vida dañada” como expresa uno de los investigadores de su vida y obra. (“La vida dañada de Aníbal Núñez” Fernando R. de la Flor. Editorial Delirio. 2012).

Poetas malditos ha habido siempre, y más desde que Paul Verlaine abriera la veda de la especie con su publicación Los Poetas Malditos y englobara en tal denominación nombres como Arthur Rimbaud, Tristan Corbière, Marceline Desbordes-Valmore, Stéphane Mallarmé, Auguste Viliers de L´Isle-Adam y Pauvre Lelian -anagrama del propio Paul Verlaine-.

También los españoles hemos tenido o tenemos nuestros malditos entre los poetas, y ya puestos podríamos citar a Eduardo Haro Ibars, Pedro Casariego, Eduardo Hervás, Aliocha Coll, Antonio Maenza, Rafael Feo, Félix Francisco Casanova…. Lo que echa por tierra la vieja creencia de que en el jardín literario de España no han crecido flores silvestres y maléficas.

Pero lo de maldito, que siempre me pareció un exceso del habla y hasta una falacia, necesitaría un análisis en profundidad para entender qué lleva en sus entrañas el adjetivo que se pospone al nombre de algunos letraheridos.

Hay, a mi entender, excesos en el uso del término “maldito” hasta el punto que, cuando alguien no sabe a qué corriente literaria debe adscribirse determinado autor, que para más inri no gozó en vida de las mieles del reconocimiento social y hubo de soportar con dignidad su fracaso, se le cuelga el collar del maldito y todos tan contentos.

Pienso que para ser justos en el uso -y abuso- del adjetivo de marras habría que rechazar alguna de las acepciones que incluye el diccionario. Por ejemplo la que se refiere a maldito como alguien perverso o de mala intención. Estaremos de acuerdo en que tal acepción no podría acompañar a la palabra “poeta” por tratarse de una antítesis, de un cruel juego de contrarios.

Otra de las acepciones del diccionario de la lengua es aquélla que ve al maldito condenado y castigado por una maldición. Acepción que sí encajaría en el asunto que nos traemos entre manos pues los poetas malditos han sido, efectivamente, portadores de una maldición, la de haber sido unos genios pasados de rosca, algo que la mediocridad reinante no perdona. Algo que molesta o enfada a quienes siempre pensaron que a los profetas clamando en el desierto sólo debe escuchárseles de una forma: con una piedra en la mano. Y, a ser posible, arrojársela.

También da en el clavo la acepción que usa “maldito” con la significación de despreciable que molesta o enfada. Y aún más la que apostilla que maldito es la persona marginada o separada por la sociedad o la autoridad de las de su clase o especie.

A la estirpe maldita han pertenecido a más de los poetas aludidos, escritores de la talla de Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire -maldito entre malditos-, John Keats y François Villon, entre otros…

Y los que están naciendo y los que nacerán pues como dice Vicente Molina Foix “las plantas silvestres siguen, aquí y allá, brotando, y el campo de la literatura reverdece gracias a ellas, a su raíz intrincada, a su mala sombra. Y a su desaparición intempestiva, que crea primero una sensación de alivio en el jardín, hasta el momento del estallido póstumo de su simiente.”



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