Con buenos principios

principios

(30/1/2011) ¡Marchando….Una de buenos principios!
¿Principios?
No me refiero aquí, resignado y heroico lector de mi bitácora, a los principios morales que deben regir los comportamientos individuales y sociales y que tanto escasean en nuestro mundo. No. Me refiero a los inicios de las obras literarias. Esos comienzos que, al leerlos, te arrastran cual torbellino hipnótico a lo profundo del lago novelesco sin que, embrujado por sus azules, puedas ya abandonar los abismos lectores a los que conduce la narrativa. ¿Me explico?
Reconozco que hay principios que me subyugan y me embelesan. Inicios a los que vuelvo una y otra vez con la asiduidad de quien gusta contemplar un tesoro escondido.
Últimamente se ha puesto de moda hacer listas con los mejores o peores aspectos de las realidades de nuestro mundo. Hay listas para todos los gustos. También para los mejores inicios lectores.
Basta con asomarse a la red de redes para constatar lo que acabo de decirles. Listas y listas con los mejores comienzos de las obras literarias que cada cual considera imprescindibles, pues en esto como en todo “para gustos los colores”.
Hay inicios de novelas que me han impactado y que no veo en ningún listado que se precie y otros que se hallan en todos los listados. Y es que con los listados pasa lo que con los presos de la cárcel que “ni son todos los que están ni están todos los que son”. Permítanme por tanto que hoy les ponga los míos. Los que considero como los mejores inicios de novelas que he leído (lo cual ya es una criba bastante respetable, pues lo que uno ha leído ha sido más bien poco).
Ahí van por lo tanto mis “buenos principios”. Juzguen ustedes:

“Leandro tenía por costumbre anudar sus días al firme tronco de la historia. Así recordaba que, mientras Armstrong daba pasos de coloso sobre la faz de la luna en el nodo del Avenida, él, amparado en la penumbra, le cogió la mano a la viuda de Guarás…” (Rubén Abella, La sombra del escapista)

“Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior…” (Gabriel García Marquez. El otoño del patriarca).

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.” (Camilo José Cela. La familia de Pascual Duarte). ”

“La habitación era cuadrada, o rectangular, u oblonga, o quizás fuese oblongamente rectangular, oblongamente cuadrada, rectangularmente ovalada, elípticamente cuadrada, no sé, quien sabe” (Francisco Umbral. Las ninfas).

“Lo que sigue es una invención. El paisaje que se describe existió, pero ha sido modificado por la memoria. Los personajes que en él se mueven nunca vivieron, aunque hubieran podido hacerlo.” (Maruja Torres. Un calor tan cercano)

“Por más incongruente que le pueda parecer a quien no ande al tanto de la importancia de las alcobas, sean estas sacramentadas, laicas o irregulares, en el buen funcionamiento de las administraciones públicas, el primer paso, del extraordinario viaje de un elefante a austria que nos proponemos narrar fue dado en los reales aposentos de la corte portuguesa, más o menos a la hora de irse a la cama.” (José Saramago. El viaje del elefante)

“-Oye Martina, tú dices que se nace y la vida, ligera como una sábana por el agua de la presa, merma…” (Elena Santiago. Ángeles oscuros.)

“Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es donde nací y lo asquerosa que fue mi infancia y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y todas esas gilipolleces (…) Pero si quieren saber la verdad, no tengo ganas de hablar de eso. Primero, porque me aburre, y segundo, porque a mis padres les darían dos ataques por cabeza si les dijera algo personal acerca de ellos” (J.D. Salinger. El guardián entre el centeno).

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” ( Gabriel García Márquez. El amor en los tiempos del cólera)

“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera.” (José Luis Borges. La Casa de Asterión).

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” (Gabriel García Márquez. Crónica de una muerte anunciada).

“Si estáis interesados en historias con un final feliz, será mejor que leáis otro libro. En este, no sólo no hay un final feliz, sino que tampoco hay un principio feliz y muy pocos sucesos felices en el medio.” (Lemony Snicket. Un mal principio.)

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.” (Javier Marías. Corazón tan blanco)

Sí, ya sé que faltan inicios tan imprescindibles como el del Quijote “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”; tan enigmáticos como el de la Metamorfosis de Kafka “al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa, se encontró transformado en un horrible insecto”; tan imprescindible en cualquier listado que se precie como el de Cien años de Soledad de García Márquez “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”; tan rotundos, en fin, como el de León Tolstoi en Ana Karenina “Todas las familias felices se parecen entre sí, cada familia desdichada lo es a su manera”. Pero es que, como les dije, por larga que sea la lista siempre ocurrirá que “ni estarán todos los que son” ni “serán todos los que están”. Forma parte de la condición humana y de los gustos de cada cual.



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