Blake y los excesos
(20/08/2025) La moderación, esa palabra que se remonta al término latino “moderatio” y al verbo “moderari” y que significa “mantener algo dentro de una medida y no sobrepasarse al actuar” no goza de buena salud en los tiempos que corren.
La falta de moderación crece y crece por todas partes, arrasa con todo y es contagiosa. Basta con acercarse a tanto mandatario que nos desgobierna para constatar quién es el “Atila” de nuestra época: el exceso. Exceso en el comer como nos muestran esos concursos donde se devoran hamburguesas en directo ante compañeros que jalean al insaciable a punto de reventar (ya lo dijo el padre Arrupe “El mundo se muere por hambre o por exceso de colesterol”). Exceso en tantos feligreses del gimnasio que devoran también barras, pesas y accesorios para mostrar después un cuerpo a lo “increíble Hulk”). Exceso también en el ocio, en ese viajar a ninguna parte donde lo que cuenta es el número de países que has pisado (aunque no hayas salido del aeropuerto) para luego contárselo a los amigos. Exceso en la apabullante información que nos llega de todas partes y de la que nace tanta ignorancia y tanta estupidez. Exceso en el amor que ya es poliamor donde lo que cuenta es también el número. Exceso en tantas horas dedicadas al trabajo que en países como Japón ha llevado al Karoshi palabra que significa “muerte por exceso de trabajo”. Exceso de tanta verborrea como se nos lanza desde las redes, donde todos hablan, todos gritan, todos saben, y donde la parquedad y la mesura nunca son invitadas. Exceso en la hiperconexión digital que afecta a la desconexión personal y a las relaciones sociales que menguan y menguan. Exceso, en fin, en tantos trasteros que se ponen a la venta (se venden más trasteros que pisos) para que almacenemos objetos inútiles, cachivaches que acaparamos sin saber por qué ni para qué los tenemos, porque almacenar cosas inútiles en esta tienda universal en la que se ha convertido nuestro mundo es ya nuestro destino. Un mundo con poderosos excesivamente ricos que pretenden llegar a Marte para construir trasteros donde almacenar tanta chuchería, tanta baratija, tantas “cosas que no necesitamos”, que diría el sabio Sócrates.
Los hijos y nietos de la austeridad de los años cincuenta y sesenta (por no remontarnos más atrás) han abandonado el minimalismo y la pobreza para tontear con lo excesivo. Hay una supremacía de la cantidad sobre la calidad. Se trata de ingerir más, de darle el bocado más grande a la vida forzando los límites de nuestras mandíbulas. Todos seguidores de la secta de William Blake, aquel iluminado inglés que veía ángeles por todas partes y que llegó a decir aquello de “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.
Y es que la inmoderación, la falta de medida, los excesos, por llegar han llegado también hasta la lectura que, al fin y al cabo, es otra forma de consumo. Dan Pelzer, hombre reservado y apasionado de la lectura leyó 3599 libros en su larga vida (ha muerto con 92 años) y para dar certificado de veracidad a su número registró metódicamente el título de cada uno de ellos y evitó hacer la cifra redonda para que nadie dudara de su voracidad lectora. La lectura, esa actividad sencilla, sin ornamentos, que no gusta de la desmesura ni de las apariencias, también puede caer en la moda de los excesos.
“Omne nimium nocet” (todo lo excesivo perjudica) dice un proverbio al que nadie da la menor importancia. Y Séneca, aquel sabio de la Bética también se mojó cuando escribió “Nada hay más odioso para la sabiduría que una excesiva agudeza”. Y Nietzsche lo mismo: “Un exceso de memoria daña la vida”. Sólo Shakespeare, rendido al poliamor pareció caer, como Blake, en lo excesivo: “Si la música es el alimento del amor/ tocad, dádmela en exceso, de manera que, / saciado, el apetito mengüe y muera / ¡Repetidme ese trozo de lánguida cadencia!”.
Y es que el bardo prefería un exceso de música para minimizar otros apetitos, y nosotros, como él, preferimos un exceso de descreimiento, de indolencia y de escepticismo para ahogar esos ideales que duermen en nosotros esperando como el arpa “del salón en el ángulo oscuro” que alguien los despierte.
Los excesos, “ser un hombre de excesos” (o una mujer), está de moda. Y todos quieren parecerse a Baudelaire, a Berlusconi, a María Félix, a Gil de Biedma, a Alejandro Dumas, a Ava Gardner, … y a tantos otros que tuvieron una vida “excesiva”.
Los facultativos ya no se atreven a decir aquello de “tenga usted cuidado con los excesos”. Saben que están hablándole a un ejército de sordos.