Bilingüismo: ¿Para cuando el debate?

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(20/12/2011) Desde que se puso de moda, y reitero y subrayo lo de se puso de moda, no hay centro educativo que no haya optado por presentar entre sus ofertas más flamantes y “modernas”, la que se conoce como “bilingüismo”. Con la bendición lógica de la autoridad educativa de turno.
Y no me refiero aquí a la “inmersión” que llevan a cabo las comunidades autónomas que al gozar del privilegio no siempre valorado de tener dos idiomas tienen que “sumergir” a sus alumnos en uno de los idiomas oficiales, que es siempre el autóctono, con la consiguiente problemática que llena cada día titulares y telediarios, no.
Me refiero a los colegios del resto del Estado, aquellos que no tienen ciudadanos bilingües, pero que pretenden que dominen otro idioma, normalmente el de Shakespeare, accediendo a su gramática desde la más tierna infancia.
Partiendo de la base de que el vocablo “bilingüismo” queda demasiado grande como término para lo que queremos argumentar -en realidad los muchachos suelen tener unas nueve horas semanales en inglés de las veinticinco lectivas que son obligatorias y solamente en determinados cursos- el debate que debería surgir es el de si estas “medias tintas”, estos “parches” son suficientes para los objetivos que se pretenden cubrir y, sobre todo, si el precio que tienen que pagar los estudiantes -en términos de otros contenidos que tienen que marginarse por fuerza- merece o no la pena.
La idea del “segundo idioma” vende tanto entre los clientes que se acercan a elegir centro para sus retoños, que pobre del colegio que no se presente en sociedad como “Centro Bilingüe”. Verá reducido sus alumnos y tachado de anticuado y poco competente por la ciudadanía.
El problema de esta iniciativa, como de tantas otras que se llevan a cabo en pro de una eficacia educativa, es que nadie se plantea una evaluación rigurosa, donde se sopesen pros y contras de la idea en cuestión para ver si el bilingüismo de marras es rentable en términos de enseñanza y de formación a medio y largo plazo. ¿Me explico?
Entiendo que el aprendizaje de idiomas es una necesidad de nuestra sociedad, que los intercambios de personas y de noticias y los viajes al extranjero, especialmente la circulación de trabajadores, están a la orden del día en la “aldea global” que es nuestro pequeño Mundo. Lo entiendo.
Que la capacidad de comunicación en lengua extranjera mejore la comprensión y el dominio de la propia, como algunos pedagogos afirman, es algo que me parece más discutible, sobre todo si aquélla se realiza a costa de unas asignaturas que, dado su temario y contenidos, sí que permitían potenciar dicho dominio.
Difícil ponerse de acuerdo en cuestiones en las que ni Chomsky ni Vygotsky ni Piaget -dioses del Olimpo lingüístico- lo hacen.
Sí sé que el aumento de horas en inglés tiene ventajas de cara a la formación competencial de los alumnos, -sobre todo ahora que asistimos a la dictadura del mercado y de las finanzas y se busca el ciudadano “competente”-, pero el peaje que hay que pagar para que nuestros muchachos tengan una dicción y pronunciación correcta tiene un coste que pocos se han parado, que yo sepa, a investigar.
En muchos de los centros que conozco, los alumnos de primaria además de las cuatro horas en inglés, tienen otras cuatro horas de Science -lo que antes llamábamos Conocimiento del Medio- y otra de una de esas asignaturas que solamente tienen una hora semanal en el currículo.
Pues bien, el esfuerzo que los muchachos han de poner en el aprendizaje de los términos en inglés, más el necesario trabajo en pronunciación y expresión de los mismos, hacen que les sea prácticamente imposible trabajar otros contenidos de enseñanza que podían impartirse cuando la asignatura se daba en el idioma materno. Me refiero a trabajar una serie de técnicas de estudio con dicha asignatura -confección de esquemas, cuadros sinópticos, mapas conceptuales, mapas semánticos, toma de apuntes etc…- y la expresión oral y escrita consiguientes.
Alguien podría decir que dichas técnicas también pueden trabajarse en la clase de Science pero, por lo afirmado más arriba, esta sería una tarea que exigiría un esfuerzo añadido exigible solamente a alumnos superdotados. El resto tendría que hacer y poner todas sus energías en aprender un vocabulario que es novedoso, una pronunciación que, al no ser el idioma materno, siempre encontrará las consiguientes dificultades, unas audiciones que permitan conseguir la apropiada comprensión hablada y escrita etc…
Por eso he insistido más arriba en el coste que hay que pagar.
Pero hay otra cuestión. El inglés que se domina después de esa “inmersión” más bien pacata, ¿es suficiente para los objetivos que se buscan? ¿O tendremos alumnos que, como dicen los castizos, ni chicha ni limoná y que otros más modernos llaman “víctimas de un sistema educativo que ha fracasado”? ¿Habrá formado nuestra escuela alumnos que serán bilingües cundo afronten los estudios universitarios? ¿O tendrán que recurrir, como ha ocurrido hasta ahora, a las academias de idiomas para conseguirlo?¿Hay que achacar sólo a la escuela el secular retraso español en el aprendizaje de idiomas? ¿Qué decir de otros escenarios en los que los muchachos pasan muchas horas, como la televisión, que sigue dando películas dobladas?
Y todo esto sin entrar en el tema de los alumnos que tienen dificultades con la comprensión gramatical, la lectura y la expresión oral y gráfica con el castellano (cada vez más numerosos según los entendidos) y que necesitan un apoyo específico para superar dicha carencia. ¿Qué hacemos con ellos?
Demasiados interrogantes ¿no les parece?



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