Alucine

alucine

(30/9/2013) No sé a ustedes, pero a mi hay bastantes cosas que me producen alucine.

Según la RAE “alucine” es la forma coloquial de decir “alucinación”, “asombro”, y la verdad es que dicho así queda bastante bien, pero para mí que “alucine” es también una forma de expresar el cabreo causado por aquellos comportamientos rastreros, por aquellas realidades trapicheras, que se mantienen in saecula saeculorum , impermeables a todo cambio geológico, biológico o social.

Digamos, para concretar, que “alucine” es una sorpresa barnizada de cabreo.

Entre las cosas que me rodean y que me producen alucine (pongan si quieren cabreo que es menos fino), permítanme que les diga dos. Para abrir boca.

Me produce alucine el comprobar el elevado número de empresas que, huyendo de la meritocracia -gobernarse por los méritos del personal que las trabaja- se han instalado, desde siempre, en la “dedocracia” a la hora de elegir o renovar a sus cargos directivos, jefes o jefecillos.

Nombrar a dedo al director sigue siendo la norma para muchos de los mediocres que nos mal-dirigen. Dedo que señala con desparpajo y sin vergüenza alguna, a cualquier familiar, amigo o deudo de quien realiza el nombramiento. Vean el organigrama de su empresa y sonrójense.

Ser “hijo de”, “hermano de”, “cuñado de”, “pariente de”, es el mérito exigido y que adorna el currículum de muchos de nuestros dirigentes. La dedocracia.

Y no me estoy refiriendo a la clase política. No.

Miren ustedes a su empresa -pública o privada, que da igual- y comprueben si es cierto o no lo que digo.

Vean a jefecillos y jefazos que se pasan el currículum vitae y los méritos del personal por la entrepierna para colocar como jefe de sección, coordinador de equipo o mandamás de departamento al amigo o pariente de turno. A la novia del primo de la amiga de su segunda mujer, por ejemplo. Vean, vean.

Está tan incrustada dicha práctica en algunas empresas que ya nadie se llama a escándalo y, lo que es peor, todo el mundo lo acepta con la resignación del que ve llover y se halla en plena calle calándose hasta la rabadilla. ¡Chaff!, ¡¡Chaff!!

La segunda práctica social que me produce cabreo (pongan “alucine” si les parece más fino) es el comprobar, al llegar con el agosto las fiestas patronales, el infinito número de periodistas que, entendidos en la historia y los festejos de cualquier localidad, se lanzan al pregón fiestero sin pudor alguno. Sin sonrojo aparente. Como si hubieran nacido para eso.

Desconozco si en las escuelas de periodismo se imparte alguna asignatura relacionada con el “pregón fiestero” pero algo habrá o deberá haber, cuando tanto periodista es reclamado para abrir fiestas, exposiciones, charlas y debates sin fin.

Suelen ser los directores o subdirectores del periódico provincial o local los más reclamados para tan culta actividad. Que también entre los periodistas hay clases y no se va a llamar a un pobre becario para abrir las fiestas de la patrona. Faltaría más.

Entiendo en mi alucine -que uno aunque alucine no es tonto, aunque vete a saber- que la costumbre veraniega tan en uso está basada en lo que los biólogos llaman mutualismo, esa práctica animal del mutuo beneficio.

“Usted señor director comprueba la altura de su intelecto y la anchura de su vanidad en mi pueblo, y yo y mis vecinos salimos, por fin, en la portada de su diario”. Dice el alcalde.

Y como los directores de los distintos rotativos suelen acompañarse de sus fotógrafos de prensa pues lo dicho.

Pero a los periodistas les ha salido un fiero competidor con el que compartir las castañas de los pregones verbeneros: los famosos, famosillos o famosetes de la tele.

Y es que salir en la tele, aunque sea hozando cagarrutas, es carta de presentación suficiente para que cualquier edil reclame al más imbécil del país para dar el pregón en su pueblo o ciudad.

Cuanto más lenguaraz, cretino y zafio sea el famoso en el discurso patronal pues tanto mejor.

Que lo educado y lo cortés no vende por más que al señor alcalde le educaran en las Ursulinas con los cuentos de Calleja.

Por eso, a estas alturas de la película y con lo que está cayendo, ¿a quién le extrañó, quién se rasgó las vestiduras, quién fingió un desmayo, cuando uno de estos famosillos, invitado por el alcalde de un precioso pueblo abulense, escupió desde el balcón del Consistorio aquello de “Volveré y me follaré a vuestras mujeres”?. ¿Quién se sintió humillado?

Como dicen en mi pueblo “no me sean fariseos”. Continuará.



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