Olor a bombero

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(30/03/2026) En los tiempos que corren, cuando el “machismo” parece estar en bancarrota y a nadie se le ocurre presumir de “ser muy hombre” sin que le llamen de todo menos bonito, pues resulta que se han puesto de moda los perfumes para ellos. Pero no cualquier perfume sino aquellos “con un fuerte olor machista”, según subrayan los titulares.

“Quiero oler como un guardabosques” sueltan los más atrevidos que, ante la lucha de género que nos invade, no saben a qué carta quedarse ni de qué armario salir.

Usar un perfume ya no es solo un gesto íntimo, sino un arma, una declaración de intenciones, una herramienta para reafirmar la propia identidad para tantos como la han perdido y se agarran a un clavo ardiendo para recuperarla.

 Perdido en el bosque de las identidades, sin saber qué lugar ocupa en el entramado de género que los tiempos han tejido, el osado caballero entra en la perfumería y con la voz cobarde de cuando pidió los primeros preservativos le susurra a la dependienta: “quiero oler como un bombero”.

 Tras recibir la consabida reprimenda de la encargada, que escucha en la trastienda y que le insinúa si no prefiere algo menos agresivo porque lo que le está pidiendo tiene un peligroso tufo machista, nuestro hombre abandona el local corrido y avergonzado, pero convencido de que lo encontrará al precio que sea. Porque el perfume es ya para él un arma, una declaración de fuerza, de ostentación de una masculinidad castrada, porque como le oyó decir a alguien “hay hombres, hombrecillos, monicacos y monicaquillos”, y él, siempre se consideró en lo más alto del escalafón.

 Colocada esa armadura invisible que es el perfume, piensa nuestro hombre, él, tan macho, volverá a ser el hombretón que siempre quiso ser, el beastman (hombre bestia) que dicen ya sin tapujos los ingleses que son quienes marcan estilo en esto como en casi todo.

 El 60% de los perfumes son consumido por hombres, declara Fabien Le Roux, un francés con una trayectoria destacada en los perfumes de lujo, evidenciando que el oler bien, ese territorio vedado a la masculinidad tradicional, está siendo conquistado por quienes antes solo se interesaban por los coches o por las botellas de whisky.

 Y la oferta en las perfumerías será cada vez más amplia para ellos: “olor a guardabosques”, “olor a bombero”, “olor a motorista”, “olor a camionero”, “olor a funcionario”, “olor a pastor” y así. Ya lo dijo el Papa Francisco: “Quiero sacerdotes con olor a oveja, no con gesto de vinagre”.

 Cuando todo parecía perdido y que la sociedad se había vuelto “odorofóbica” (con fobia a los olores) y volcada en una carrera insensata por eliminar cualquier olorcillo a base de desodorantes, bienvenidos sean estos brotes verdes en el campo olfativo.

“Vivimos en una sociedad óculo centrista…pero el olfato, que fue el primero de nuestros sentidos en desarrollarse y puerta de la memoria a recuerdos que sin él se nos escaparían, no goza hoy en día de la importancia que merece” dice Federico Kukso, un especialista en la historia de la ciencia, preocupado, como tantos, de que las cosas ya no huelan a nada.

 En esta loca carrera por buscar el olfato perdido, la ingeniería del perfume está de enhorabuena. El proyecto Odeuropa que busca recuperar el “patrimonio olfativo” de la humanidad mediante la ciencia, la arqueología y la inteligencia artificial han desentrañado el perfume sagrado de los egipcios, el Kyphi. Y ya saben que incluía dieciséis ingredientes: miel, vino, pasas, mirra, resina de pino, canela, cardamomo, azafrán, enebro y nardo, entre otros.

 Ahora, cuando tantos especialistas reclaman que los olores sean considerados parte del patrimonio cultural como la arquitectura, la gastronomía o la literatura, ya hay quién le está preguntando a la IA con qué perfume se presentó Marco Antonio ante Cleopatra o qué fragancia compartieron Alejandro Magno y Efestión. Y ya puestos, ¿por qué no? a uno le gustaría saber cuál era el perfume que desprendía La Regenta de Clarín o la Madame Bovary de Gustave Flaubert.

 Descubrir y percibir el mundo, como hacía Jean-Bautista Grenuille en la novela (y excelente película) El perfume: historia de un asesino, ya está al alcance de cualquiera. Sabremos cómo olían la Roma de los Césares, las carabelas de Colón, o las playas de Normandía el “día D” por la tarde. Aunque es posible que, como le ocurrió a Grenuille, desconozcamos cómo es nuestro propio olor y nos pasemos la vida buscándolo como seres manipulados por la estética y el “hedor” de las apariencias. ¿Quiero oler como un bombero o quiero oler a mí mismo?

 ¿Oler o no oler? He ahí, otra vez, la eterna cuestión.



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