Mar de fuego

atlas

(10/10/2021) El mar ha sido un gran compañero es esta época dura, nos confesaba el autor teatral Pippo Delbono poco antes de presentar al público La gioia (la alegría/ la dicha)en los Teatros del Canal de Madrid.

 El mar. Objeto de deseo para tantos artistas que como Pippo buscan en él su inspiración o motivo de envidia para los mortales que por ser de tierra adentro no tenemos mar que nos abrace. “¡Castellanos de Castilla!, ¡miradme que pasa el mar!”, nos lanzó a la cara un arrogante Rafael Alberti orgulloso de su mar cuando cruzaba el erial castellano.

 Como orgullosos estarán de su mar -el mar de los Atlantes- los canarios, también quienes han perdido casa y tierra en La Palma.

“Yo tengo una casita pequeñita en Canadá” cantaba la radio en los años de mi niñez. Y “Canadá” era el paraíso y era el mar. Era una casita entre el mar y el cielo, un apartamento en Benidorm o en Torrevieja.

 Luego llegó Jorge Sepúlveda y nos adoctrinó con más de lo mismo: que si encima de las montañas tengo un nido, que si encima de las montañas viviremos, que si así podrás saber cómo es el cielo viviendo en mi casita de papel.

 Pero tener una casita en las montañas, un hogar entre el mar y el cielo, es un sueño que puede acabar en pesadilla como está sucediendo en la Isla Bonita. Porque ese cielo estrellado puede convertirse en un infierno con nombre de volcán. Y tener una casita de papel, señor Sepúlveda, ya sabe cómo acaba. Lea el cuento de los tres cerditos y hablamos.

 Esas casas entre el mar y el volcán, entre la espada y la pared están destinadas a eso, a ser lamidas por lenguas de fuego que vuelven cada poco y sin dar aviso.

 “Vergel de belleza sin par son nuestras Islas Canarias” dice la canción-himno de los canarios, pero este jardín de las Hespérides lleno de plataneras está, como el de los griegos, guardado por un dragón de cien cabezas que de tanto en tanto escupe su fuego.

 Mientras llega el Heracles que acabe con la Hidra que guarda el fruto dorado habrá que hacer algo señora ministra para aliviar a quienes lo han perdido todo en ese “espectáculo maravilloso” que dice usted. En la erupción terrorífica del Cumbre Vieja.

 A falta de algo mejor darles por ejemplo una casa tierra adentro. Lejos de esa cumbre que vomita fuego y siembra lágrimas.

 Una casita aquí en la España vaciada que carece de todo y que por no tener no tiene ni mar que la ahogue ni volcán que la abrase.

 Aunque los palmeros no querrán venir tan lejos. Seguro. Ellos querrán quedarse en su isla para, si es posible, rescatar sus casas de las cenizas cuando todo se enfríe. Para volver, cual ave Fénix, a levantar sus haciendas que yacen bajo la lava.

 Pippo Delbono que vive arropado por el mar de Génova ha escrito, como dije, La gioia (la alegría) esa obra que cuenta la historia de dolor de alguien que lo tenía todo, como tantos palmeros que lo tenían todo y se han quedado sin nada.

 Pero el mar de Génova no es el mar de los Atlantes, señor Pippo. El mar de Génova es piélago que invita a salir, a colonizar mundos. Es el mar de Colón que era un marino genovés como nos enseñaron en la escuela. Mientras que el atlántico es mar que invita a quedarse, a recibir a turistas o a trabajadores noruegos que quieren teletrabajar para vivir como turistas. ¿Quién querrá abandonar un mar así?

 Porque vivir entre el mar y el cielo es un lujo que pocos consiguen aunque con el tiempo haya que pagar peaje. Que hay que ser responsable y saber dónde se construye uno la casa.

 A los de interior, como el poeta José Hierro que nació en Madrid donde “¡vaya, vaya, aquí no hay playa!”, solo nos queda oír el mar a través de los ojos de la amada: “abre tus ojos verdes, Marta, que quiero escuchar el mar” y viajar de vez en cuando a las Canarias para montar en camello, freír un huevo en las ardientes arenas del Parque Nacional del Timanfaya y hacernos un selfi con serenidad de imbéciles en la boca de cualquier volcán.

 Dicen los agoreros que Atlas, el titán que da nombre a ese mar de fuego y carga sobre sus hombros el mundo, está cansado de soportar el peso de tanto estúpido que está destruyendo el planeta. Y que nos está avisando.



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