El sable de San Martín

therians

(20/10/2026) Ser original en algo se ha puesto cada vez más difícil, aunque son muchos los que siguen intentando sorprender a la audiencia. De ahí las excentricidades y rarezas que surgen en cualquier ámbito y solo para lograr ser el primero en algo, el primero en tener una ocurrencia que nadie tuvo hasta que él llegó al mundo.

 Elevar un orinal a la categoría de obra de arte, como logró Marcel Duchamp por primera vez en la historia, no está al alcance de cualquiera, pero es algo que ha tenido y tiene muchos imitadores. Cada vez son más los que se exprimen el cráneo para lograr algo en exclusiva, una primicia, algo que rompa todos los cánones, algo que, como se dice ahora, se haga viral.

 Dadas las ocurrencias y rarezas que han surgido en los últimos tiempos es difícil, muy difícil ser original en algo, repito. El listón está tan alto que encontrar algo que no se haya visto u oído resulta muy complicado. “Nihil novum sub sole” (nada nuevo bajo el sol) que dice el Eclesiastés recordándonos que todo tiene un precedente desde los tiempos bíblicos. Pero hay ocasiones en las que uno no lo tiene tan claro y se encuentra con noticias que le rompen los esquemas por muy bíblicos que sean. Me pasó el otro día cuando leí la noticia: “El polémico uso de meteoritos argentinos en el desfile de Christian Dior”. ¿Meteoritos en la pasarela? Seguí leyendo para corroborar mi asombro. Y sí, alguien había debutado como diseñador de alta costura con una colección polémica por el uso de “cuerpos celestiales” encontrados en la Argentina, decía el artículo.

 Estaba claro, era la primera colección para la alta costura de un joven diseñador. Era el ansiado evento tanto tiempo esperado, el debut de un principiante que tenía que ser original y sorprender al precio que fuera, ante un público exigente habituado a todas las excentricidades. Y entonces llegó el parto de los montes: en un entorno cubierto de musgos, hierbas y flores, nuestro debutante generó un diálogo en el que fósiles, meteoritos, textiles del siglo XVIII y miniaturas pintadas pasaban a ser materiales activos en las prendas. ¿Hay quién dé más? O como diría un conocido cómico “¡no te digo que me lo superes, iguálamelo!”

  Tras el desfile muchos destacaron la sutileza de la “vuelta a los orígenes” (o sea, la originalidad pretendida), otros que no había sido para tanto, pero la polémica se desató cuando la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) reveló que “todos aquellos meteoritos que caen en territorio argentino son considerados patrimonio cultural”. Luego, alguien más exaltado añadió que “sacar un meteorito del país es lo mismo que llevarse el sable corvo de San Martín”.

 Como ven la originalidad tiene un precio y sale cada vez más cara, Tanto, que roza o cae en la ilegalidad y puede pasar de las palabras a las espadas: al sable corvo de San Martín.

 Pero tienes que ser original si pretendes ser alguien. Y ustedes y yo, como consumidores pasivos, deberemos acostumbrarnos a que se nos pongan los ojos como platos cuando nos tropezamos con noticias tan “meteóricas” como esa, aun sabiendo que siempre surgirá alguien más original, más extraño, más excéntrico, como los therians. Porque a la hora de llamar la atención en lo que a originalidad se refiere no me negarán lo difícil que tiene que resultar competir con los therians, esas “personas” que se identifican con animales cuadrúpedos como si tal cosa. Que usan máscaras y colas y se desplazan a cuatro patas muy metidos en su papel porque aseguran que lo que les diferencia del resto de la manada -lo que les hace originales, podríamos decir- es su manera de ver el mundo. Y que no lo toman como un juego, sino muy en serio porque esa y no otra es su forma de sentir, pensar y vincularse con el entorno.

“Desde chico me identifico como mono” declara uno de estos therians (término que viene de los vocablos griegos theríon que significa animal y anthrophos, humano) a micrófono abierto.

 Y uno de ellos, que se autopercibe como perro, acudió hace pocas fechas a una clínica veterinaria porque tenía moquillo.

 Por lo tanto, si ustedes creían haberlo visto todo, pasen y vean, las sorpresas están ahí a la vuelta de la esquina y, aunque ser el primero en algo se está poniendo difícil, aún hay lugar para el asombro.

 Ser más raro que un cuervo blanco es, seguramente, el precio que hay que pagar para ser el primero, el único, el origen de algo. Y hay una larga cola para lograrlo.

 En los pasados carnavales alguien se disfrazó de “hombre sin cabeza” para llamar la atención. Constató que nadie le miraba. Se está planteando ir de “persona normal” para los próximos. Está convencido de que no se le ocurrirá a nadie. No sé yo.



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