¡Vente a la banca, Pepe!

tecnolo

(20/07/2017) Si usted quiere tener una idea aproximada de lo que sentiría un emigrante cuando llegaba a Alemania (por poner un ejemplo) en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, no hace falta que hable con el abuelo que emigró cuando el franquismo, tampoco que vea películas como Un franco catorce pesetas, ¡Vente a Alemania, Pepe! u otras por el estilo, no, cruce usted la puerta de cualquier entidad bancaria, cualquier día de la semana y observe.

Veteranos de todas las guerras y de todas las paces, supervivientes de todos los planes de desarrollo, náufragos de todas las crisis, se las ven y se las desean cada mañana para luchar contra la pantalla que, dura e insensible a la veteranía que era un grado, les recibe arisca e impenetrable nada más franquear la puerta de la sucursal.

 El país de los emigrantes está a la vuelta de la esquina, en el bajo de tu propia calle, ante tus propias narices, allí, donde, tras pisar el umbral alfombrado con tu dinero, te recibe el cancerbero, el guardián del paraíso dinerario que ha adquirido la forma de una vulgar pantalla digital.

Cancerbero que te acomete de frente como las amenazas serias y que se ha convertido en una pantalla que hay que superar para poder acceder a la siguiente y de esta a la siguiente, hasta que en un macabro juego de superar pantallas cual mares vítreos y turbulentos, puedas llegar al ansiado puerto: hacer cola en la caja deseada para cobrar la escuálida nómina de la jubilación.

 Acostumbrados a hacer colas desde los tiempos del racionamiento, sabios en el arte de esperar lo inesperable, los abuelos no entienden que hasta para hacer cola tengan que sacar número en una cola anterior. “Esto antes no pasaba, camarada”.

 A veces, ocurre que encuentran, como en los tiempos de aquellos emigrantes de maleta atada con lías, un refugio salvador, una posada fresca en la que aliviarse, un clavo al que asirse para salvarse, un oasis que in illo tempore se encarnaba en un viejo amigo del pueblo que había llegado antes y les indicaba las coordenadas por donde tenían que iniciar sus pasos para no perderse en el laberinto del idioma. Hoy, una señorita, con la sonrisa de una hermana de la caridad, y el gesto condescendiente de quien no entiende tanta torpeza, les indica los pasos a seguir para no perderse en la sucursal y acceder al paraíso de su paga.

-Aquí ponga su DNI, luego se abren estas opciones, pulse en la que desea, 1 caja, 2, asesoría, 3 accionistas, 4 estimar la cuantía de su hipoteca, 5 elaboración de calendarios financieros, 6…

 Y el ángel de la guarda bancario sujeta el índice del emigrante digital y lo acompaña, generosa y dispuesta, hasta la tecla encantada que en un abracadabra de cuento le abre todas las puertas.

Pero los hay que no. Los hay que, lejos de encontrar al hada salvadora ante tanta frustración, se estrellan cual pájaro entre cristales contra todas las pantallas en un vagabundeo errático a ninguna parte hasta que, agotados, lloran su impotencia a la puerta del despacho del director, mientras observan, con ojos de lumbre,  como un joven japonés tras teclear rumboso y jaranero en todos los teclados, consigue ser recibido por una amable señorita que lo conduce hasta las delicias de su despacho.

-¿Le ocurre algo, señor? –se interesa el joven nipón ante el héroe de la batalla de Teruel.

-Nada, nada, -repite el abuelo, absorto como está en unos negros pensamientos que le asaltan desde hace días.

Y entonces ocurre lo que nadie esperaba. El abuelo seca sus lágrimas, traga su rabia, devora su impotencia y arroja la mochila reventona en la que lleva la compra del supermercado al grito de ¡Alá es grande!

 Tras duros interrogatorios en comisaría y una vez demostrada su pertenencia a la cofradía del Cristo del Perdón, el abuelo consiguió por fin acceder al cajero de toda la vida, a ese que se abre a golpe de voz y de saludo. “¡Buenos días, Alipio!, ¡Buenos días, don José!”.

Acudan, repito, a cualquier sucursal bancaria y observen.

Verán un espacio, aséptico cual quirófano, con todo tipo de artilugios tecnológicos donde todo se mueve a golpe de clic y donde quienes se han quedado rezagados en los aprendizajes del dígito -normalmente las personas mayores- están más perdido que novicio en baile de señoritas.

“La banca digital es ya una realidad -manifiesta en la prensa el Director de Transformación Digital de un importante banco-, el móvil está rompiendo la brecha digital”.

 Señor Director de Transformación Digital, baje del despacho y observe. Luego hable.



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