Tiempo de semáforos

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(10/09/2017) Tenía todo el tiempo del mundo. La reciente jubilación le habían llenado los bolsillos de ese hermoso tesoro largamente esperado: horas, minutos y segundos para hacer lo que quisiera. “Tiempo libre, divino tesoro, al fin llegas para no marchar”, se repetía glosando a Rubén Darío mientras deambulaba por calles y avenidas hacia ninguna parte.

 Y en ese deambular ciego y gozoso siempre se topaba, como no podía ser de otra manera, con ese monumento al tiempo moderno que es cualquier semáforo. Monumento al reposo, a la espera a la necesaria calma a quien está lleno de prisas, ansioso por cruzar.

Disfrutaba con la espera, a veces innecesaria (no venía ningún coche por la avenida), ante aquel general con mando en plaza que le ordenaba detenerse, pero… ¿por qué?

 Por tres motivos. Primero porque no tenía ninguna prisa (ya se ha dicho que atesoraba en su cartera todo el tiempo del mundo), segundo porque con su actitud obediente y sumisa ante el palo de hierro coloreado, apoyaba a padres y abuelos cuando aleccionaban a sus retoños sobre la importancia de los colores y la necesidad de obedecer al semáforo hasta que se vistiese de verde, y en tercer lugar porque en sus años de febril actividad laboral había comprobado cómo la gente muy mayor, los viejos-viejos, tocados por prematuras demencias o carencias, cruzaban de forma inconsciente la calzada cuando lo hacía cualquier otro, sin mirar el color del semáforo, simplemente por mimetismo, por imitación, por dejarse llevar en la corriente humana que cruzaba la calle.

Ahora con el tiempo suficiente para dedicarlo a no hacer nada podía practicar la pedagogía de ayudar a padres y abuelos con una actitud pausada, indolente, rayana en la desgana, en la pereza.

Se plantaba ante el muñeco rojo, a una distancia importante de la acera y observaba. Estudiantes, trabajadores con prisa y gente joven, cruzaban con destreza la calzada, tras comprobar, en su mirar de lince, que no venía enemigo ni a babor ni a estribor, ante los ojos envidiosos de quienes obedecían las ciegas órdenes del semáforo, con cara de idiotas ante los listos que seguían cruzando y que parecían mascullar “¿qué hacéis, cobardes?, ¡si no viene ningún coche!”.

 Observaba también la rendición de algunos, de aquellos que habían mantenido la posición en la acera y ante el paso firme y arrogante de los más arrojados, se rendían y cruzaban en rojo, resguardando su temeridad en la mediana. Y luego estaban los niños que obedecían al mecano verdirrojo mientras oían a sus espaldas la cantinela de siempre “cuando está rojo hay que esperar, cuando está naranja también, y sólo cuando se pone verde se cruza”.

Y él disfrutaba observando y esperando.

 Por matar el tiempo (una expresión que no le gustaba nada, ¡cómo se podía matar un tesoro!) se había apuntado a un curso de meditación de tradición budista, huyendo de lo que era habitual en sus amigos jubilados: cocina, deporte, nuevas tecnologías, bailes de salón…  Meditación guiada para huir del ritmo vertiginoso de los nuevos tiempos, para mantener un equilibrio mental y físico, una paz interior tan necesarias en la época estresante y exigente que vivimos.

 Y el semáforo, las paradas eternas y muchas veces inútiles en el semáforo contribuían a llevar a buen puerto las prácticas del curso, meditando sobre la sociedad de la aceleración en la que estamos inmersos, donde escasea el tiempo, donde aumentan el ritmo de vida y la presión y donde el estrés campa a sus anchas, a pesar de los benditos semáforos que parecen susurrar desde el más allá de la calzada: “para ya, hombre, no corras tanto, detén tus prisas…”.

Aquel día llegaba tarde al curso de meditación, pero nuestro hombre esperó gozoso a que el semáforo cambiase de color mientras comprobaba cómo una anciana, colocada a su diestra y apoyada en un andador, seguía su ejemplo. “No hay que apurarse señora, usted y yo disponemos de todo el tiempo del mundo, la seguridad es lo primero, nada de prisas”, decía para sus adentros mientras esperaba y veía cómo cruzaba todo el mundo ante una calle vacía de ruedas.

 Sólo cuando el muñeco se vistió de verde, avanzó con paso marcial hacia la otra orilla. Cruzó la mediana donde se había refugiado algún paseante y orgulloso y ufano alcanzó la tierra prometida de la otra acera, saboreando su triunfo sobre la prisa y el agobio.

 Fue entonces cuando vio gestos congestionados que miraban hacia el otro lado, gritos de ¡cuidado!, ¡cuidado! de gente que parecía advertirle de algún peligro que ocurría a sus espaldas.

Cuando echó la vista atrás solo pudo ver, entre manos y manos que ayudaban a alguien caído en la calzada, un andador y una bicicleta convertidos en un amasijo de hierros.



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