Lutero: el lado oscuro

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(30/07/2017) Ahora que se cumplen 500 años de casi todo, bueno sería sacar la máquina de pensar -esa que no termina de inventarse- para poner en su sitio los dimes y diretes del pasado y darle a cada personaje o personajillo de la historia lo que, en justicia, le corresponde.

Son tantas las tergiversaciones y fantasmagorías que rodean al relato histórico que cualquier conmemoración viene de perlas para sacarle los colores, o sea las vergüenzas, a tanta manipulación y a tanto mito como se nos vende.

“Cada era reformula su pasado para adecuarlo a su presente” afirma el catedrático José Álvarez Junco antes de añadir que “las naciones se cuestionan su relato cada veinte años”.

 Así que en 500, ni les cuento.

En esta Europa nuestra, por ceñirnos a un espacio que nos es cercano en este mundo global, se cumplen 500 años de muchas cosas, por ejemplo de la llegada a España de un joven flamenco de diecisiete años llamado Carlos, hijo de Juana y de Felipe. Y aprovechando la efeméride todo el mundo se dispone a preparar el evento renacentista, la recreación histórica oportuna, para adornar con el recuerdo un pasado que se ignora y que, de seguro, se coloreará a gusto de cada pintor.

Y digo colorear porque por más que lo intentemos volverán las oscuras golondrinas de la animadversión, la falacia y la manipulación para recordarnos que aquel emperador fue, entre otras cosas, padre del “demonio del mediodía” (o sea de Felipe II) y por lo tanto uno de los responsables de la Leyenda Negra que tanto les gusta recordar a los imperófobos del norte (y los de aquí, no lo olvidemos) cuando se trata de hablar del “atrasado” sur.

 Imperófobos que lejos de resaltar las dotes de estratega político de quien pretendió crear la Unión Europea casi quinientos años antes que Adenauer (el llamado Sacro Imperio Romano Germánico), volverán a centrarse en la Inquisición, Lutero y Flandes para desprestigiar un reinado que tuvo como todos sus luces y sus sombras.

 Pero ellos, los del Norte, tampoco se irán de rositas tras la fiesta. Que a los 500 años de que el monje Martín Lutero rompiese la cristiandad y diera oxígeno al nacionalismo germánico, son muchos los que quieren darle la parte de Leyenda Negra que le corresponde. Que donde las dan las toman.

¿O es que alguien se ha olvidado de los más de 100.000 muertos que dejó “la libertad luterana” en lo que se conoce como la Guerra de los Campesinos, y que Lutero justificó en sus escritos: “contra las hordas asesinas y ladronas mojo mi pluma en sangre, sus integrantes deben ser estrangulados, aniquilados, apuñalados, en secreto o públicamente, como se mata a los perros rabiosos”?

 Y todo porque siguiendo sus prédicas, el campesinado hambriento y humillado desde siglos, se había rebelado contra los valedores del fraile: los príncipes alemanes.

 ¿Y qué decir de los párrafos que dedicó a los judíos y en los que escribió: “debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas, sepultar y cubrir con basura a lo que no prendamos fuego, para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza”?

 Normal que algunos historiadores y filósofos como Karl Jaspers hayan afirmado que el programa nazi estaba prefigurado en Martín Lutero y que la Noche de los Cristales Rotos, el primer pogromo de 1938, fue “justificado como una acción piadosa en honor de Martín Lutero, por su 450 cumpleaños” según afirma la filóloga María Elvira Roca en un artículo recientemente publicado.

El reconocimiento universal de Lutero como adalid de la libertad religiosa, es puesto en la picota de la duda por los recientes estudios historiográficos que se preguntan cómo desde tanta libertad se pudo perseguir durante años a católicos, anabaptistas, calvinistas, menonitas y otros “itas”.

 Que cada palo aguante su vela decimos en español desde uno de esos países del sur, atizados desde la invención de la imprenta por quienes como Lutero se creyeron depositarios de una superioridad moral y nos tacharon de papistas, latinos y welsch (sureños).

 ¿Y qué decir de la quema de brujas en Alemania (unas 25.000 víctimas según Henningsen) alentada y justificada por Lutero?

Como ven si echamos la vista atrás pocos se salvan de la quema justiciera del tiempo.

Pero lo que extraña es que en Witemberg se pueda hacer una magna exposición sobre Lutero y su época sin que nadie se cuestione su figura y aquí o en América no podamos hacer los mismo con Carlos V, Colón, Cortés o Pizarro, sin que nos tachen de genocidas. Ya vale.



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