Las manzanas de Lutero

erasmo

(10/07/2017) Hay libros que nos reconcilian con la literatura y con los premios. Con la literatura  porque ante tanta insulsez como se publica, ante tanta nadería, presentan lo mejor de la narrativa, ese arte complejo del lenguaje que intenta trasmitir emociones y no solo conceptos. Y con los premios, porque ante tanto autor sospechosamente galardonado los hay que borran todo recelo por la calidad de la obra encumbrada.

Uno de esos libros con los que he gozado hasta el delirio es Las manzanas de Erasmo de José Antonio Ramírez Lozano, autor al que no tengo el gusto de conocer, por si alguien, a estas alturas del artículo, sospecha de mis alabanzas.

Leo Las manzanas de Erasmo en la Biblioteca Pública de la ciudad condal y tengo que ocultar la cara para que no vean mi rostro congestionado por la risa o para que no capten mi pesar, próximo al llanto, cuando toca. Que todas las emociones surgen desbocadas cuando te sumerges en su lectura.

 Ramírez Lozano ha escrito uno de esos “libros aspirina” que nos alivia de los estragos de la vida, de la crisis económica, de la maldad de algunos políticos que siembran la división y el odio, de la contumaz sequía, de los incendios…

Personajes hilarantes y a la vez profundos pueblan el relato que recibió en su día el XXVIII Premio de Novela Felipe Trigo, pero que podía haber logrado cualquier otro más encumbrado si la justicia literaria existiera. Que no.

Asisto gozoso a su lectura (dos capítulos al día para digerir como se merece tan sabroso alimento) y compruebo que los protagonistas, un arcediano y una prima monja, gozan con la lectura del Cantar de los Cantares como ocurre entre los protagonistas de La espía del emperador, novela que ha salido de mi mollera y que no ha tenido, hasta la fecha, premio literario alguno. ¡Ay!

 ¡Y qué decir de sus descripciones! Descripciones sobrias de personajes como Valerio de Sandoval, dueño de un jardín, para quien la “condición gozosa del jardín estaba sin duda en su inutilidad”, que podía identificar fácilmente el paraíso, “no con el pecado, sí con la tentación” y convencido de que a las “plantas las regaba la palabra”. O como el “clérigo fámulo, ético en sus carnes, tanto que por no echar barriga había crecido hacia arriba”; o como Ruda “mozo ya granado cuya sesera no daba para otra cosa que la de recadear y barrer la imprenta…siempre con aquel babilón de hospiciano y añadiendo el “sí” o el “no” detrás de cualquiera que fuese la pregunta”…

Prosa afinada, rítmica y eficaz que encubre una amplia cultura por parte del autor, llana y convencional, con un argumento muy bien estructurado.

 Venía yo de saborear Las manzanas de Erasmo cuando el destino -porque los libros avanzan hacia su destino y el del lector- quiso que me topase con un grupo que celebraban el quinto centenario de la reforma protestante y que curiosamente lo estaban haciendo -los lugares también cuentan, no son inocentes- allí donde los protestantes vallisoletanos fueron arrojados a la hoguera en 1559.

Allí estaban, con la discreción que siempre acompaña a los perseguidos, los herederos del “hereje” delibiano, refugiando sus temores en canciones evangélicas y bailes grupales, llegados desde Thailandia y más allá. Allí, ajenos a la ciudadanía que no sabía el porqué de tanta bulla ante las narices del mismo Zorrilla, conmemorando la ruptura que un fraile agustino consumó al clavar sus quejas en la iglesia de Wittenberg. Allí, donde el doctor Cazalla (aún niño en mi novela) sembró sus cenizas y se hizo mártir.

  Impactado por las coincidencias que me deparaba la mañana, (Las manzanas de Erasmo y La espía del Emperador tocan el tema del erasmismo y  La espía del emperador tiene como protagonistas a los Cazalla-Vivero), caminé hacia la calle “Doctor Cazalla” lugar en donde se fraguó aquel conventículo luterano. Colocado frente al número cuatro de dicha calle, allí donde se hallaban los aposentos de los Cazalla y que fueron derribados y sembrados de sal para que no quedara memoria, me sumergí, cual catecúmeno, en un baño de meditaciones, como esas que nos inundan cuando contemplamos las estrellas.

“Si aquella casa, que la intransigencia y el odio arrasaron, existiera -meditaba- sería el lugar ideal para quienes conmemoran la Reforma allá en el Campo Grande”.

“Si aquellos aposentos -seguía pensando- no hubieran sido derribados serían, sin duda, el museo más señero de la ciudad, el lugar más visitado”.

Centro de reuniones secretas, de intrigas y maquinaciones, donde la beata de Valladolid -la espía del Emperador- recibía a sus discípulos e influía en el devenir de la historia, la Casa del doctor Cazalla resumiría, de existir, las andaduras de todo un siglo.

Ahora que se cumplen quinientos años de tantas cosas, alguien en esta ciudad contada debería hacer una “ruta de la espía”. Una ruta que se iniciara en el número cuatro de la calle doctor Cazalla y terminara en el Campo Grande. Allí donde unos muchachos bailan gozosos al aire de los siglos sin que muchos ciudadanos sepan por qué.



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