La mirada perdida

móvil

(10/10/2018) Hace algunos años, asistí a un curso sobre relaciones laborales en el que para trabajar la comunicación no verbal, el ponente nos obligó a mirarnos a los ojos, por parejas, durante un minuto. Tras muchas reticencias y nervios de colegiales, terminamos por cumplir sus órdenes comprobando lo difícil y perturbador que resulta mantener el contacto visual, asomarse al pozo insondable de la mirada del otro.

Abro este artículo con aquel recuerdo porque compruebo que cada vez nos miramos menos enchufados como estamos al móvil que acapara nuestra atención durante todo el día.

 Móvil en mano, vivimos en un despiste continuo, hasta el punto que si nos preguntaran si es hombre o mujer quien se ha sentado junto a nosotros en el transporte público, no sabríamos qué respuesta dar a quien nos pregunta.

 Antes ibas a la consulta del dentista y comprobabas cómo te caía encima una lluvia de miradas por parte de quienes esperaban su turno. Y si había un poco de suerte acababas en una conversación más o menos superficial sobre el tiempo y la ortodoncia.

 Hoy nadie mira a nadie. Todos cabizbajos,  ajenos a la realidad, como colegiales castigados ante el brillo de la pantalla que nos seduce y enamora.

-¿Hay mucha gente en la calle? –pregunta la madre al muchachote que bajó a comprar la revista.

-No sé, mamá. Me estuve descargando una aplicación en el móvil -responde tan campante la criatura.

 La mirada, que fue siempre huerto feraz para el amor y para la vida, tiene los días contados.

Ya pasó con las manos, de cuyo contacto huimos cada vez más en un intento de evitar el contagio bacteriano con el que nos amenazan los médicos.

 La moda de chocar los puños se está extendiendo y el abrazo de las manos -choca esos cinco, decíamos-, terminará siendo tan decimonónico como el besar la mano que practicaban nuestros abuelos. Un gesto para darse la paz en las iglesias y poco más.

Habrá que llenar el calendario de efemérides que permitan recuperar estos gestos que están muriendo. Y marcar, como marcamos un día para la paz, otro para el abrazo, otro para darse la mano y otro, cómo no, para mirarnos a la cara. Será la única forma de que nuestros hijos conozcan los usos y costumbres de sus antepasados antes de que llegara la era tecnológica.

 La mirada, ese torrente de intimidad y cercanía, ese espejo de emociones intensas, generador de vínculos y herramienta de cortejo y seducción, tiene los días contados. Como les digo.

 El poeta que sintió a la amada clavando en su mirada su mirada azul y el enamorado a lo Machín que gozó y se estremeció ante “esa mirada siempre enamorada con que miras tú”, se estudiarán pronto en las enciclopedias sobre usos y costumbre antiguos, de cuando la gente se comunicaba con gestos y miradas, de cuando existió el contacto físico antes de que fuera desterrado a las afueras de la historia.

“El alma que hablar puede con los ojos, besar puede también con la mirada” decía Gustavo Adolfo Bécquer, pero nuestros tiempos no entienden de “almas” ni de “miradas” y nuestra mirada, querido Gustavo Adolfo, es miope a la realidad. Solo tenemos ojos para la pantalla y poco más.

 Está triunfando un vídeo, o se ha hecho viral como decimos ahora, en el que se muestra cómo una de las profesiones del futuro será la de acompañar a los “movilizados” de toda edad y condición mientras cruzan la calle, se toman un café o hacen el amor con la mirada puesta en su móvil. Ya se han dado casos -las cámaras callejeras lo graban todo- de accidentes graves entre quienes han caído por alcantarillas y terraplenes o han chocado contra columnas y semáforos.

 Pronto estaremos ante una sociedad sin miradas como aquella “ciudad sin miradas” que fue París para los ocupantes nazis al estar prohibida la mínima luz en las persianas durante la noche.

Una sociedad aséptica donde nadie conoce a nadie y donde nadie escucha a nadie -no nos olvidemos que la escucha activa tiene como punto de partida la mirada- se está imponiendo y sus resultados pueden llegar a ser catastróficos para los homínidos de la era digital..

 Porque sin la mirada, sin esas miradas seductoras, indiscretas, agresivas, dominantes, esquivas, ausentes, enamoradas…que nos definen y retratan, sin esa peculiar forma de captar el mundo que es cada mirada, nos aproximaremos cada vez más a un mundo robotizado. Y ¿quién quiere ser un robot?



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