El valle bueno

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(10/09/2018) Que un monasterio se llame “Valle bueno” es casi una obviedad. De todos es sabido que quienes fundaron los monasterios eran unos expertos ojeadores de paisajes, unos especialistas en inversiones a largo plazo.

 Hace unos días visité el Monasterio de Valbuena (o de “Valle bona” en castellano antiguo) y volví a confirmarme en lo que ya sabía.

 La orden del Císter que surgió como una reacción a la ostentación y poderío cluniacense  enarbolando la bandera de la pobreza, no pudo evitar, sin embargo, el fundar sus monasterios, como era costumbre, en las zonas más ricas, en las tierras más fértiles.

 Podrían, siguiendo el espíritu austero de Bernardo de Claraval, haberlo fundado en el centro de la estepa castellana, allá donde el secano es el rey y los ríos no se huelen ni de lejos. Pero no, austeridad hasta cierto punto y pobres pero sin exagerar, los cistercienses montaron sus empresas en las tierras más feraces, en los huertos más productivos. Y sus nombres los delatan: Valbuena, Valparaíso, Fuencaliente, Villabuena, La Vega, Nogales…

 Por eso, uno se imagina a la catalana Estefanía Armengol, nieta del conde Ansúrez (aquel que fundó la villa de Valladolid), enviando a su hombre de confianza a otear el secarral castellano para elegir lugar de fundación. Y éste, más listo que el hambre, eligió Valbuena (el “Valle bueno”), al lado del padre Duero y en tierras muy aptas para todo tipo de cultivos. También del vino, que no solo de pan vive el hombre.

 Hoy, aquel monasterio, lejos de la austeridad del Císter, se ha reconvertido en un lujoso hotel de cinco estrellas. Uno de los cuatro hoteles termales, junto con Burgo de Osma, Olmedo y Solares, para disfrute de paladares exquisitos y de bodas que se organizan desde Tokio.

 Las vueltas que da la vida. Si el abad Martín y los monjes franceses que llegaron desde Berdona para hacerse cargo del cenobio, levantaran la cabeza, se sorprenderían al ver algo muy parecido al paraíso en el que de seguro se encuentran.

 Pero no tanto Estefanía que, si levantara su aristócrata cabeza del lugar donde yacen ella y sus descendientes, se reafirmaría en lo que ya sabía: el lugar elegido era un “valle bueno”, el mejor lugar para vivir y morir  antes y ahora. La tierra prometida que manaba leche y miel.

 Sea como sea, lo cierto es que la combinación lugar histórico-aguas termales está de moda en el secarral castellano y uno se pregunta de dónde rayos vamos a sacar el agua necesaria para tanto millonario necesitado de masaje termal.

 Tendremos que mandar ojeadores y zahoríes que recorran el agro donde, dada la despoblación, solo quedan las sabandijas y luego esperar sus informes. Me temo que volverán de vacío.

 Porque las mejores vistas ya están tomadas, ocupadas por monasterios ruinosos o desaparecidos que esperan el milagro de Lázaro. El “levántate y anda” de alguna subvención que recupere los restos y ruinas de monasterios como Santa María de Sacramenia, Santa María de Nogales, Santa María de Moreruela, Santa María de Fuencaliente, Santa María de Bujedo de Juarros, Santa María de “La lugareja”, Santa María de Rioseco, Santa María de la Sierra, Santa María de Palazuelos y Santa María de la Vega.

 Nada se podrá hacer ya con aquellos que no pudieron soportar el azote del tiempo y terminaron por desaparecer como Santa María de Valparaíso, San Clemente de Adaja, Santa María de Benavides, Santa Colomba de las monjas, Santa María de Escobar, San Pedro de Gumiel de Hizán, Santa María de Villabuena, Santa María de Otero de las Dueñas y Santa María de Renuncio.

 La férula del tiempo, en el que habría que incluir la rapiña de los vecinos y la venta al mejor postor de residencias monacales, acabó con muchos de ellos.

 Solo un ejemplo: si quieren disfrutar del claustro, refectorio y sala capitular del monasterio de Santa María de Sacramenia, no vayan a la provincia de Segovia donde se fundó dicho monasterio. No. Crucen el charco y vayan a Miami en la península de Florida en los Estados Unidos de América y pregunten por el Monasterio Español de Sacramenia. Hasta allí se lo llevó el magnate de la prensa norteamericana y coleccionistas de obras de arte William Randolph Hearst.

 Pero tampoco se escandalicen ni se rasguen las vestiduras mientras claman ¡maldito yanqui! No. De haber seguido aquí, posiblemente hubieran estado entre los monasterios desaparecidos a los que nunca veremos ni aunque crucemos el charco.



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